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Lo
que escondes…
Nadie sabe, Sidel, lo
que escondes
No es difícil que alguien huya
a traspasarte…
No es tan fácil al igual
ver tu reflejo...
¿No te has visto, acaso
cuando andas?
¿No has notado
la nostalgia de tus dedos?
O esa angustia de mirar por las ventanas
y el suspiro que te hincha
ingrato el pecho.
Todos siguen la silueta que te augura
y sonríen porque ríes tú con ellos
Mas no saben, que en el fondo nace trueno,
que desvía y enloquece sin remedio.
Nadie sabe, Sidel, no te engañes…
Nunca han visto que los árboles se quiebran
ni la lluvia que te esconde en la madera.
Ni han sentido que te mueres poco a poco
y que naces otras tantas sin quererlo.
Y tú, que sientes anchas las murallas y
los techos,
que nunca sales del camino enrojecido
Te derramas y no sabes donde hallarte…
Te desnudas y te adueñas de algún cuerpo…
Y quedan grandes las ideas que te formas,
si de un paso botas todo y vuelves luego.
Nadie sabe, ¡que tristeza! Nadie sabe…
Pero tu cuerpo es largo y tú lo sientes como nunca…
Y las heridas que no sanan ni se esconden,
se intercalan con la sangre que te brota
...de la vida que se aferra a lo que venga.
(...)
Calla, calla… niña, calla... no te escondas
Alguien sabe, o lo supo algunas veces…
Mas…
¿De que sirve ahora?... si es de noche...
… y estás sola.

Aquellos días…
Aquel día dejé atrás
la calle adormecida,
el polvo añejo del anden
y las ventanas.
Las amigas
con zapatos de madera,
los caminos que arrastraban
cerro abajo.
Dejé el secreto
de los árboles de brujo,
el duende verde
que cuidaba algún tesoro.
El llanto claro
de la víbora amarrilla,
su aroma oscuro
entre las viñas y los frutos.
Aquel día dejé atrás
alguna tumba,
el recuerdo de un amigo
casi padre.
Y muchas tardes con el suelo
como abrigo,
o el vacío del que siente
abandonado.
Dejé una rata con su cola
larga y ágil,
que en los techos
hizo cuna a sus mestizos.
Que cambió mi mano
y mi cariño por ser libre,
o quizá, tan solo, fue el amor
que la condujo a ser distante.
Allá, a los lejos
cuando vuelvo la mirada,
aún siento el humo del comal
y las fogatas…
La leña erguida
que prepara alguna madre,
con la savia y las heridas
de su raza.
Veo a mi perro
desde antes compañero,
y su manía de brincar
sobre los sapos.
Y esa mirada que era brillo
de mis ojos,
cuando al dolor mi corazón
no razonaba.
Allá, a lo lejos
aún me roza en el recuerdo,
el cuerpo niño
que sufría, tras la culpa,
de los hombres que ultrajaban
sin ser hombres.
El sabor de aquella madre
siempre herida,
los hermanos con sus juegos
para “grandes”...
O el sonido de los brazos
de mi padre,
que se hacían tan distantes
y extranjeros.
Ahora, después de pasar
la lucha con sus años,
aún guardo mis respiros
a esa tierra.
Guardo un grito
hecho de barro y agua dulce,
del calor de aquella gente
tan humana.
Y me pregunto cuando vuelvo
la mirada,
con la rabia que se encaja
en mis pupilas:
¿Por qué tengo que dejar
lo que más amo?
¿Por qué tengo que ir dejando
atrás la vida?
Uno debiera tener
siempre una ventana…
Una ventana ingenua
que pintara largos sueños.
Con una tiza de inocencia que cubriera
las sonrisas que se rompen de los gestos.
O tal vez…
Tener tan sólo una cortina (verde/alga)
que al abrirse en la colina
nos trajera,
lo que el nido nos esconde
entre la rama.
Yo tejería esa ventana, si pudiera…
O quizá, la usara
como adorno en la pestaña
para abrirla cada vez que algo me duela,
o cada noche si divago
en la nostalgia.
O en los brazos que traslucen
si recuerda,
que un amigo en la distancia
nunca falta.
Tal vez, así…
Me haría menos aire, menos ave,
y más humana,
en la imagen que bosqueja sin quererlo
mi delirio y mi cordura
por ser agua.
Pero habría de tener muy ancho el beso
y el abdomen con mil rostros de tristeza
O quizá, el pelo negro, el ojo tuerto…
U otras manos, de otros dedos, y más caras…
Para ser en los reflejos que adormezco,
lo que soy, más lo que adentro
...no me alcanza.
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